Cuando termino una boda, suelo volver en el coche con la música baja. Durante el servicio se descarga mucha energía, y muchas emociones me las guardo para dentro, porque la novia tiene que verme serena para estar serena ella. Todo eso acaba pasando factura en el camino de vuelta, con un cansancio que no es del cuerpo, sino de la cabeza. Después de la boda de Marta y Pedro no fue así: volví con una sonrisa que no se me borraba de la cara.
Fue una boda civil sencilla, y por eso mismo tan emotiva. Se celebró en La Colmenilla, una casa rural de Cártama, entre palmeras y con el altar vestido de tul, con la organización de Lua Bodas y las fotografías de Ada Bochenek, amiga de la novia. Ella es polaca y él es de Málaga, la ciudad donde viven los dos. No hubo un gran protocolo ni un día pendiente de cada detalle. Hubo dos personas que se casaban rodeadas de su gente, y eso es lo que de verdad es una boda: la celebración de la unión de dos personas.
El vestido lo dice casi todo. La novia lo compró en ASOS, de la firma Hope & Ivy: blanco, con flores bordadas en rojo, rosa y azul, y unas mangas de tul que le caían sobre los hombros. Era un vestido económico, y no le hizo falta nada más, porque con él se sentía ella: llevaba los colores que elige en su día a día y reflejaba lo creativa y divertida que es, lejos del vestido de novia clásico. No siempre hace falta una gran firma ni una suma enorme de dinero; hace falta que la novia se reconozca al ponérselo.
En la prueba, la novia tenía claras dos cosas. La primera, que quería seguir viéndose ella misma, con sus rasgos a favor y sin disfrazarse de nadie. La segunda, que las flores de colores del vestido estuvieran presentes en todo su look. Yo me encargué solo del maquillaje, porque la peluquería la hizo otro profesional, y se diseñó un soft glam en su máxima expresión: suave, luminoso y con la piel con aspecto de piel.
Si tuviera que enseñar a una novia qué es un soft glam, le enseñaría estas fotos. Los tonos se eligieron cálidos, para resaltar su propia identidad y para que hicieran juego con las flores y los detalles del vestido, de modo que el maquillaje y el vestido contaran lo mismo.
«¡Soy yo! Esto me encanta.»
Ella es una persona muy expresiva, de las que hablan con toda la cara, y la ceremonia fue de las que emocionan de verdad. Lloró muchas veces, se rió otras tantas, y nunca tuvo que contenerse por miedo a estropear el maquillaje.
Las lágrimas no dejaron huella. Después de la boda, ella misma me contó que el maquillaje había seguido impecable durante la ceremonia y durante toda la fiesta, y que nunca se había sentido tan guapa.
Lo que más repetía era que se veía guapa en cada foto, incluso en las que salía poniendo caras raras, como las llama ella. Para una novia tan expresiva, eso ya es un éxito, y es también la razón de aquella sonrisa en el camino de vuelta.










