Filosofía de trabajo
El objetivo no es transformar, sino realzar. Una piel con textura, un peinado que se mueve y una novia que se reconoce en el espejo
Por Verónica L. Wallis
Qué puede tapar el maquillaje y qué no
Cuando una novia se sienta en mi silla y me pide que le tape una cicatriz, un lunar o una marca de acné, lo primero que hago es contarle qué va a pasar de verdad con esa zona de su cara.
El maquillaje trabaja con color. Cubre la marca con el mismo tono que tiene el resto de la piel, y al quedar todo igualado la marca deja de llamar la atención. Lo que no cambia es la textura. Si esa zona está hundida o tiene relieve, lo seguirá teniendo, porque ningún producto de maquillaje rellena la piel ni la alisa.
Lo explico así de claro desde la primera prueba, y casi siempre la novia respira tranquila. Una ojera hundida, unos poros que se ven o una cicatriz de hace años: casi todo el mundo tiene algo así, y no pasa nada. La piel tiene textura, y esa textura es lo que hace que una cara parezca una cara de verdad, en persona y en las fotos del día.
Se empieza por lo que ya favorece a cada cara, no por lo que se quiere tapar
A partir de ahí trabajo al revés de como se suele esperar. En lugar de empezar por lo que a la novia no le gusta, miro la cara entera antes de tocar nada: por dónde le entra la luz, la forma de los ojos, el color del pelo y cómo se le mueve la boca al hablar. En todas las caras hay dos o tres rasgos que favorecen por sí solos, y mi trabajo consiste en sacarles partido.
Cuando la mirada queda bien trabajada, es ahí adonde mira todo el mundo. Aquello que a ella le preocupaba sigue en su sitio, pero pasa a un segundo plano. A eso me refiero cuando hablo de realzar en lugar de transformar: no hay nada que borrar, solo hay que decidir qué se ve primero.
Una foto dura un instante y una boda dura el día entero. Un maquillaje y un peinado pensados para todas esas horas.
La cara se mueve a lo largo de la boda, y el maquillaje se elige pensando en eso
Hay algo que casi ninguna novia me pide en voz alta, pero que casi todas esperan: que nada se mueva en todo el día.
Una novia sonríe, y al sonreír el pliegue de la ojera se marca un poco más. Es natural y le pasa a cualquiera, porque en una cara viva nada es estático. A media mañana se nota más, cuando lleva ya varias horas riéndose, emocionándose y abrazando a la gente que quiere. Una foto se queda con un solo momento de todo eso, y la boda sigue hasta la noche.
Por eso elijo los productos pensando en todas esas horas y no solo en las fotos de la mañana: en el calor, en las lágrimas de la ceremonia, en los besos, en los abrazos y en el baile. Lo que busco es que a las once de la noche la cara siga igual de bonita que en la ceremonia, aunque la novia haya llorado, sudado y bailado.
El peinado también se mueve a lo largo de la boda
Con el pelo pasa lo mismo, aunque la petición cambia. Nadie me pide que le quite textura al pelo. Lo que se espera, casi siempre sin decirlo, es que el recogido esté a las nueve de la noche exactamente igual que a las nueve de la mañana.
El pelo es pelo. Por mucha preparación que lleve por debajo y por mucha fijación que le ponga, en una boda hay viento, la gente abraza a la novia, le tocan el pelo en las fotos, y ella baila y salta. Algo se va a mover. Algunas de las fotos de peinados que se ven en redes están tomadas justo al terminar, o retocadas después, y enseñan un momento congelado como si durara el día entero.
Así que elijo la forma del peinado contando con ese movimiento. En la Costa del Sol hay calor, humedad y viento de mar casi todo el año, y un recogido tiene que estar pensado para eso desde el principio. Lo que busco es que, en la última foto de la noche, el peinado siga siendo el mismo, con el pelo algo más suelto y la misma forma reconocible.
Nadie se parece a un filtro, ni siquiera la mujer que sale en la foto. Una novia que vuelve a mirarse a sí misma y no a una imagen retocada.
Por qué ninguna novia real se parece a las fotos de las redes
Muchas novias llegan a la primera prueba con una foto guardada en el móvil, y me la enseñan nada más empezar. Suele ser la foto de otra novia, sacada de la cuenta de algún profesional del sector, y en algunas ocasiones está retocada: la piel no tiene poros, no se ve una sola marca y el recogido no tiene un pelo fuera de su sitio.
Hay profesionales que hacen un mal uso de la edición, aunque no son todos. Retocan las fotos hasta borrar cualquier textura de la piel, y funciona, porque esas imágenes consiguen más contrataciones. El problema llega después, en la prueba. La novia se mira al espejo, no ve lo que vio en aquella foto y piensa que la calidad ha bajado. No ha bajado nada: la foto enseñaba una piel que no existe.
Desde hace un tiempo, además, algunas de esas imágenes ni siquiera son de una persona. Las genera un programa de inteligencia artificial, y aparecen mezcladas con las fotos reales sin que nada indique cuál es cuál. Esa piel no tiene textura porque no pertenece a nadie.
Lo que veo en la silla es la consecuencia de todo eso. Una novia que se compara con esas imágenes no piensa que estén retocadas. Piensa que las demás novias son más guapas que ella, y llega convencida de que la fea es ella. Esa idea llega a la prueba antes que cualquier pregunta sobre la base o el recogido.
Una parte importante del trabajo se hace hablando con la novia
Por eso buena parte de mi trabajo no tiene que ver con los productos. Hay pruebas en las que paso más rato hablando que maquillando, y ese rato no es tiempo perdido, porque es justo lo que esa novia necesita.
En esa conversación le voy enseñando lo que ya tiene y por qué le favorece, y poco a poco la foto con la que venía comparándose deja de pesar. No intento convencerla de nada. Simplemente dejo de mirar su cara como una lista de cosas que corregir, y en algún momento ella empieza a mirarse como la miro yo. Lo que se trabaja ahí es cómo se ve a sí misma: que se valore tal como es y que saque partido de lo que ya tiene, en lugar de intentar borrar lo que hay.
Cuando eso pasa, todo lo demás resulta mucho más sencillo. Y el día de la boda se nota la diferencia entre una novia maquillada y una novia que, además, se gusta.
Hace unos años tuve delante a una novia que estaba a punto de cancelar su boda. Quería cambiarla por una ceremonia corta en el juzgado, sin invitados y sin celebración, porque estaba convencida de que no iba a dar la talla al lado de lo que veía en las redes. La prueba entera se nos fue en eso, con sus ratos malos. Terminó mirándose y gustándose, y llorando de alegría. Siempre había sido guapa. Lo que le fallaba era el espejo con el que se estaba midiendo.
Lo que busco, al final, es algo muy sencillo: que el día de su boda la novia se mire al espejo antes de salir y se encuentre a sí misma, con la luz puesta donde la favorece y un peinado que aguanta. Y que en las fotos de la noche, después de horas de abrazos y de baile, siga siendo ella.
Verónica L. Wallis
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El maquillaje y el peinado no se piensan por separado: se hacen juntos para que el mismo rostro aguante desde la ceremonia hasta el último baile.





